Después de unos días de precaución, comprobando si eran verdad los esperanzadores vaticinios de mi horóscopo, he llegado a la conclusión que que es, como decía mi profesora de Teoría de la Educación, "mentira cochina". No he tenido ese sex-appeal que me prometían ni me he ligado a toda mujer que se ha cruzado por mi camino. Lo único que ha pasado es que me ha salido la voz del duque. Si, ese personaje que hasta hace poco salía en televisión y que cautivaba a todas las chicas del país. Por lo menos el resfriado, que aún no se ha ido, ha tenido efectos positivos. A ver si ahora se me va la tripita, me salen abdominales guapos y me parezco más al tipo en cuestión.
Ahora mismo, estoy como si un camión hubiera pasado por encima de mi. Pero lo peor es la cara de tonto que se me ha puesto al darme cuenta que ayer, cuando fuí a pedir cita con el médico, escogí una hora a a la que no interrumpia mis obligaciones laborales, cuando otros compañeros de profesión no se preocupan por ello y si faltan a una clase por tener médico, pues mejor que mejor. Llamadme responsable o tonto del bote, que tendreis razón.
Así las cosas, esta tarde no estoy para muchas florituras, como decía aquella: "no tengo el chichi pa farolillos". Lo único que haré es sacar al perro y descansar, pues no tengo el cuerpo para más. Es un jueves parecido a los de antaño: uno de esos jueves en que arreglaba un poco la casa, descansaba y hacía las maletas porque al día siguiente había de volver a Benidorm. Un jueves de maletas. Una noche en la que al ser la última de la semana allí, me permitía ciertas licencias en cuanto a la cena: una pizza, una hambuguesa, cosas así. Al día siguiente bajaba prontito la maleta al coche, llenaba el depósito de gasolina y me iba al colegio con el coche presto y dispuesto para en cuanto el conserge tocara la sirena, salir corriendo a por el coche y venirme a Benidorm. Cuando llegaba, todo era igual: aparcar el coche, cenar y sin solución de continuidad y enormemente agotado, acudir al ensayo de la banda.
Pocas veces lo hago, pues uno se acostumbra a lo bueno con mucha facilidad, pero a veces pienso en aquellos días, y aunque los recuerdo con mucho cariño, pues forjaron la persona que soy hoy, veo que soy afortunado por no tener que estar con maletas de aquí para allá. Lo mismo me pasa los viernes por la tarde: mientras hace unos años estaba en plena carretera, ahora puedo estar tranquilamente merendando en mi casa. Cuando recuerdo estas cosas, no puedo evitar una sonrisa en dos sentidos: por una parte recordando los buenos momentos de entonces y por otra porque me doy cuenta de la suerte que tengo.

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