Hace unos minutos que se han acabado las clases de la tarde. Mi aula está por fin vacía y el silencio se adueña poco a poco de ella. Fuera se oyen los juegos de los niños que se han quedado a jugar en el patio. Es un momento para disfrutar de la tranquilidad. Atrás ha quedado una hora y media de poco relax, trabajando con los niños, ejerciendo esta profesión a veces tan dura, a veces tan agradecida.
Siempre digo que me metí en esta historia porque nunca supe hacer otra cosa que levantarme por las mañanas e ir al colegio.
Antes y ahora tengo que hacer deberes en casa, me preparo la cartera por las noches, me preparo el almuerzo… La diferencia es que mi mesa y mi silla son ahora más grandes y tengo más autoridad…aunque tal como se han puesto las cosas cada vez tenemos menos.
Los que nos dedicamos a esta profesión sufrimos una especie de Síndrome de Estocolmo: de pequeño estas “secuestrado” por el colegio y cuando ya has crecido no te quieres separar de él. Incluso estudias una carrera y te preparas unas duras oposiciones para seguir en el colegio.
Mi secuestro sucedió en el Colegio Público Vasco Nuñez de Balboa, en la década de los 80.
Fue en septiembre del 79 cuando llegué allí. En uno de los tres pequeños edificios que hay en la parte de arriba comencé lo que en aquella época se llamaba párvulos. Solo tenía 4 años. Doña Josefina nos sentó por grupos: a mi me tocó con: Elena, Esperanza, Mª Luisa y Emily.
En primero de EGB nos mandaron a un pequeño edificio prefabricado de color blanco, enfrente del frontón. Teníamos como profesora a Doña Ángela y recuerdo mucho la campana de navidad de color rojo que nos hizo pintar a cada uno.
En segundo de EGB llegó Doña Eva, una maestra bastante mayor (al menos a nosotros nos lo parecía) con la que estuvimos cuatro años, hasta 5º. Esta mujer se convirtió casi en nuestra segunda madre. La recuerdo muchos años después en el edificio de la consellería de educación en Alicante cuando acompañaba a su nieta, también maestra a inscribirse en la bolsa de trabajo del 98. Me enterneció comprobar que todavía se acordaba de Pedrito.
En la tercera etapa de la EGB, de 6º a 8º tuvimos a Doña Elisa y a Don José María, este último nuestro tutor. Seguramente fue él el que me inspiró sin querer a intentar trabajar en esto.
Hace ocho años llegué a este colegio, el Leonor Canalejas y todo el mundo hablaba maravillas de un tal Pepe, antiguo director de este colegio y que se había jubilado dos años antes. No tardé en darme cuenta de que Pepe era en realidad Don José, nuestro profesor de inglés 6º de EGB, que un año después abandonó aquel colegio para ser director en este donde me encuentro ahora.
Una de las cosas que más me llamó la atención cuando materialicé mi particular “síndrome de Estocolmo” era la situación que se me creaba cuando me encontraba a aquellos maestros de la infancia que se habían convertido en compañeros mios, en iguales. El paso de pasar del Don José o Doña Charo a ser simplemente Pepe o Charo fue algo desconcertante.
Ese don/doña es un indicativo muy elocuente de que no hace demasiado tiempo, las cosas en la escuela eran diferentes. En aquella época en la que en aquellas aulas nos metíamos 40 alumnos nos profesores no tenían tantos problemas y dificultades como los maestros de ahora para trabajar con la mitad.
Hace unos días y gracias a las nuevas tecnologías he descubierto con sorpresa como mis antiguos compañeros de aula están organizando una cena de reencuentro más de 20 años después de salir cada uno hacia el instituto.
Hay un refrán que dice algo así como “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. En este caso, yo siempre he presumido de vivir en una ciudad pequeña como Benidorm, en la que todo el mundo se conoce… y hemos estado 20 años sin vernos.
Una de las ilusiones de mi vida desde que me saqué la carrera de maestro ha sido volver a trabajar en el colegio de mi infancia. Por unas o por otras razones no lo he conseguido. La razón principal es que me he asentado muy bien en este colegio, el Leonor Canalejas y le he cogido un cariño especial. Por eso descarto que mi vuelta al “Vasco” como profesor se de a corto plazo.
Me da mucha pena que el edificio central del Vasco Núñez de Balboa sea derruido para construir otro nuevo, aunque parece que es necesario, pues según parece “se cae a trozos”. Cuando eso suceda desaparecerán esos pasillos por los que cada dos por tres buscaba a Reche para que me diera algodón del botiquín y así taponar mis habituales hemorragias nasales, habrán desaparecido los sofás blancos del despacho de dirección, se habrá ido el enorme gimnasio en el que me resultaba imposible hacer la voltereta.
Cuando construyan el nuevo edificio (que parece que no será muy tarde) todo eso habrá desaparecido y con ello parte del encanto de volver a ese colegio. Pese a ello, todos los recuerdos acumulados allí no desaparecerán.
Uno de los peligros de este tipo de reencuentros es quedarse anclados en los recuerdos de épocas pasadas, aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo positivo y hasta lo divertido es utilizar ese reencuentro, ese recuerdo para crear nuevos encuentros, nuevas vivencias que provoquen nuevos recuerdos que en ningún caso sustituyan los antiguos recuerdos y si los complementen.
Tengo un batiburrillo de nervios e ilusión por el encuentro.
Creo que me voy a ir, esto del cambio de hora ha hecho que esté empezando a anochecer y todavía tengo que hacer los deberes…